Cuando no me siento bien ya aprendí a sospechar de algo.
Durante mucho tiempo creí que lo que sentía venía directamente de lo que estaba pasando en mi vida.
Si algo salía mal, me sentía mal.
Si alguien decía algo que no me gustaba, me enojaba.
Si algo me preocupaba, me angustiaba.
Parecía lógico.
Hasta que empecé a notar algo curioso.
Muchas veces no era lo que estaba pasando afuera lo que me alteraba.
Era algo que estaba pasando adentro.
Alguna historia que mi cabeza estaba armando.
Alguna conclusión rápida.
Algún miedo inventado.
Dicho de una manera muy simple: muchas veces me estaba creyendo alguna pelotudez.
No encuentro otra palabra que describa mejor algo que no es real… y que aun así sostengo como si lo fuera.
No siempre es fácil verlo en el momento.
Pero cuando aparece esa incomodidad —tensión, miedo, ansiedad, enojo— hoy ya lo tomo como una señal.
Algo me estoy creyendo.
Y ahí aparece un gesto muy simple que cambia mucho la experiencia.
No controlar.
No discutir con la mente.
No tratar de pensar positivo.
Observar.
Observar(me).
Ese simple gesto me pone a distancia.
En perspectiva.
Me separa de la historia.
De la cosa.
De la persona.
De la situación.
Observo. Y algo cambia.
No siempre puedo hacerlo.
Y también descubrí algo más.
No siempre quiero hacerlo.
A veces prefiero seguir enojada.
O triste.
O indignada.
Hay en esos estados una atracción particular. Una fuerza.
Como si parte de mí quisiera quedarse ahí.
Eso también lo descubrí observando.
Y observar es algo curioso.
De alguna manera no soy parte…
pero puedo ver las partes.
El cambio entonces aparece como una posibilidad.
No como una obligación.
Observar no siempre resuelve las cosas.
Pero muchas veces me devuelve a mí.