Me di cuenta de algo incómodo.

La mayoría de nosotros no cambia realmente su forma de ver las cosas… salvo que algo ya no le esté funcionando.

Y ahí vamos todos.
Cada uno con su verdad intacta. Con la certeza de que su mirada es la correcta.
La del otro, es la del otro.

"Cada uno con lo suyo… pero a mí que no me la vengan a contar."

Porque yo lo viví.
Porque yo sé.
Porque a mí me pasó.

Así vivimos.
Y así estamos.

En un constante tire y afloje:
tu verdad versus la mía.

Lo más curioso es que muchas veces no defendemos sólo una idea.
Nos defendemos a nosotros mismos.

Porque en algún punto empezamos a confundir lo que creemos con lo que somos.
Y entonces cambiar de opinión se siente como perder algo propio.

Por eso duele tanto que te digan que estás equivocado.
No es sólo la idea lo que queda en juego.
Sos vos.

Hay algo que me pregunto seguido:

¿A quién le doy permiso para considerar cambiar lo que creo?

A mi pareja.
El autor de ese libro que piensa como yo.
Al médico.
A mi terapeuta.
A mis hijas.

A todos ellos les doy permiso "a veces".

Acudo a ellos cuando "no sé"...
Aunque en el fondo, creo que muchas veces sé.
O intuyo.

El "no sé" a veces es:

"No me quiero enterar.
Porque si me entero… tengo que tomar decisiones que me rompen en dos."

Y entonces elijo no mirar.

Por eso los vínculos se vuelven tan difíciles.
Porque muchas veces no nos encontramos realmente.
Solo chocan nuestras versiones.

No escribo esto para decir que haya que cambiar.
Ni para convencer a nadie de nada.

Solo me interesa algo mucho más simple:
ver.

Ver cómo operamos.
Ver qué defendemos.
Ver de qué no queremos enterarnos.

Y quizás preguntarnos esto:

¿Qué estarías dispuesto a mirar… si no implicara perder nada de lo que sos?

© Valeria Sederino