Hay una pregunta que me acompaña desde hace años: ¿Qué es lo que realmente nos hace estar mal (o bien) y qué pasa cuando lo vemos con claridad?
No vivimos solamente lo que ocurre.
Vivimos también el significado que construimos alrededor de lo que ocurre.
Creencias. Historias que nos contamos. Supuestos que damos por ciertos. Conclusiones a las que llegamos. Patrones que repetimos.
Muchas veces todo eso opera sin que sepamos que está ahí.
Mi trabajo consiste, en gran parte, en hacer visible lo que opera en silencio.
Observarlo. Ponerlo en palabras. Distinguir lo que ocurrió de lo que interpretamos. Lo que sabemos de lo que suponemos.
A ese trabajo lo llamo diseño de significado.
A veces mi trabajo también es traducir.
Traducir lo que pensamos y no alcanzamos a ver. Lo que sentimos y no sabemos cómo leer. Lo que repetimos sin saber por qué.
A lo largo de mi recorrido fui incorporando distintas disciplinas, herramientas y maneras de mirar.
Según lo que aparezca, podemos observar la dinámica de la mente, ampliar la mirada hacia nuestra historia y contexto familiar, trabajar con el cuerpo y sus señales, o buscar recursos concretos para llevar lo que descubrimos a la vida cotidiana.
No trabajo desde una única herramienta.
Trabajo desde lo que cada situación necesita para poder ser mirada.
Ver lo que antes no veíamos cambia la manera en que podemos elegir.
No ofrezco respuestas cerradas ni fórmulas universales. Acompaño espacios de observación donde podamos mirar con mayor claridad lo que está ocurriendo, reconocer desde dónde lo estamos viviendo y encontrar nuevas maneras de transitarlo.
Porque cuando algo se hace visible, ya no estamos frente a eso de la misma manera.